domingo, 22 de febrero de 2015

Nueva y vieja política, nueva y vieja emigración: crónica de la presentación de Marea Granate Zürich

Me cuesta mucho concebir IU sin que convivan en ella la fuerza renovadora de Alberto Garzón y la solidez en la lucha obrera de Cayo Lara, compartiendo ambos valores tan importantes como la coherencia y la honestidad. De la misma manera que me cuesta imaginar un periodismo que merezca la pena llamarse así que no valorase por igual el ímpetu heterodoxo de Jordi Évole y la experiencia de Ramón Lobo. O, por supuesto, como historiadora, pero no solo por ello, no me imagino una política en la que no tengan cabida los movimientos sociales ciudadanos recién surgidos que luchan contra la pérdida de derechos humanos y sociales sin que a la vez se impida que caigan en el olvido los valores cívicos que inspiraron la II República, la lucha antifranquista que acabó con la vida de tantos y tantas en la generación de nuestros abuelos o la mezcla de incertidumbre e ilusión con la que nuestros padres encararon la llegada de la democracia.

En tiempos en que tanto se teoriza sobre la vieja y la nueva política, esa necesidad de superar fracturas generacionales se extiende también a la movilización política y social entre los españoles emigrados. Hace casi un año, a base de observar algunas reacciones y actitudes en la lucha por el derecho a la educación de los hijos e hijas de los españoles en el exterior, llegué a albergar dudas preocupantes respecto a una posible falta de sintonía, al menos en lo formal, entre el asociacionismo asentado desde hace años en los países receptores de inmigración española y los movimientos protagonizados por los recién llegados. Por un lado, las luchas de poder durante décadas de bipartidismo también habían hecho estragos más allá de las fronteras de España. Por otra, la distinta percepción de lo que ocurría en España y, sobre todo, de la movilización social de la última década, podía ocasionar ciertos resquemores, entre otras causas por el mayor peso de los medios de comunicación “clásicos” entre la comunidad de españoles que llevan décadas en otros países. Me preocupó entonces que se produjese un “diálogo de sordos” entre ambas generaciones de emigrantes , lo que podría abocar finalmente a falta de comunicación y, por tanto, de la unidad, tan necesaria siempre y más aún en un colectivo minoritario dentro de los países de acogida, disperso y alejado de los centros de decisión en España.  

Sin embargo, ayer en Zürich muchos de estos temores quedaron disipados y me pegué una alegría política al cuerpo que, personalmente, necesitaba como la lluvia suave en medio de una sequía prolongada -tened en cuenta que soy de Madrid y de izquierdas, creo que no hay que explicar mucho más ;-)

En el Ateneo Popular Español de Zürich se celebró ayer una presentación con coloquio de la Marea Granate de Zürich. La propia celebración  de este acto ya es de por sí una declaración de principios. El Ateneo abrió sus puertas en 1968, en plena eclosión de la gran ola de inmigrantes españoles en Suiza, cuando nadie se podía imaginar la televisión por satélite ni Internet, las llamadas internacionales eran un lujo y los viajes a España, escasos. Un grupo de pioneros llevan casi medio siglo abriendo las puertas de un local acogedor y atestado de libros a actividades sociales, políticas y culturales. Y en ese sótano, tan importante para dos generaciones de españoles en Suiza, cuatro representantes de la llamada “nueva emigración”, Yolanda, Miguel Ángel, Daniel y David, que llevan fuera de España entre dos y nueve años, presentaron ayer Marea Granate, ese joven movimiento social transnacional y fuertemente ligado a la presencia en redes sociales, que lucha por los derechos de los emigrantes españoles pero también porque nuestro país vuelva a ser una democracia plena, donde se respeten los derechos humanos y se priorice la justicia social.

Miguel Ángel Sánchez explicó a quienes abarrotaban la sala del Ateneo cómo habían evolucionado los movimientos sociales en España desde 2003, cómo surgió y se organiza Marea Granate, ya presente en más de 30 ciudades de todo el mundo, y cuáles son sus principales objetivos y preocupaciones. A continuación David García desgranó brillantemente la “Ley Mordaza” (nombre más real que el que le dan sus promotores de “ley de seguridad ciudadana”), haciendo especial hincapié en las consecuencias perversas del paso de muchos delitos actuales a faltas administrativas, punibles con multas que ejercen un dantesco efecto disuasorio sobre la movilización ciudadana al tiempo que se restringen derechos democráticos básicos como el de reunión, opinión o información. En tercer lugar intervino Yolanda Candela, que realizó un interesantísimo análisis de la evolución de la legislación sobre el aborto en España y los pasos, tan retrógrados como hipócritas, que ha dado el gobierno del PP jaleado por la iglesia católica para restringir este derecho, poniendo en peligro la salud las mujeres, especialmente de las más jóvenes en situación de exclusión social o de violencia familiar. También informó Yolanda de la existencia de la Red Federica Montseny, formada por emigrantes españolas solidarias en garantizar el aborto en condiciones dignas y seguras tanto a mujeres españolas en el extranjero como apoyando a sus colegas en los distintos países. Después Daniel Pérez ayudó a descorrer el tupido cortinón que oculta la información acerca de las negociaciones del TTIP (Asociación Trasatlántica para el Comercio y la Inversión) entre la Union Europea y EEUU. Partiendo de la base de que poco se sabe, algo se intuye y mucho se oculta, hizo un  claro y detallado análisis de los intereses espurios que las grandes corporaciones tienen en la firma de esos acuerdos, que relegarían a los estados soberanos a meras comparsas de los lobbies económicos y equipararía por la mínima la seguridad del consumidor y los derechos del trabajador en ambas orillas del Atlántico. Por último volvió a intervenir Miguel Ángel con un tema  que afecta más específicamente a los emigrantes pero que tiene efectos políticos en España: las dificultades que la introducción del voto rogado implican para los españoles emigrados y que han llevado a un dramático descenso de la participación electoral en tres años del 32% al 5%. Se cerró la primera parte del acto con la presentación de la página web que Marea Granate Zürich ha creado para denunciar la  verdadera “marca España” –no la que vende, pagada con dinero público y a veces escandalosamente casposa, la “marca España” institucional.

La presentación de Marea Granate Zürich fue tan interesante y completa que generó un interesante coloquio con el público que probablemente se podía haber prolongado más allá que la hora larga que duró. Entre los asistentes se encontraban jóvenes por debajo de la treintena pero también muchos miembros del Ateneo, entre ellos alguno de sus fundadores, rozando los 80 años. Y en esa sala llena de españoles de distintas edades y trayectorias vitales, con diversas motivaciones para emigrar y, aunque se respiraba una inequívoca sensibilidad de izquierdas entre esas cuatro paredes, seguro que votantes de distintos partidos, se habló durante más de una hora de política. Se pudo hacer política con mayúsculas: a fondo, con apasionamiento, tocando incluso temas hasta hace poco tabú, pero sin que nadie perdiera el respeto, sin que nadie tirara a la cara del otro ninguna sigla política, sin que nadie perdiera de vista que lo más importante es la unidad, la información, la conciencia política y la movilización cívica para poder revertir todos los retrocesos en derechos y libertades que bajo la excusa de la crisis económica o de la seguridad ciudadana caen como losas sobre muestras democracias.

Por supuesto que quedan tareas por hacer. Falta, como decía Yolanda, que a esos “cuatro gatos” que conforman hoy Marea Granate Zürich nos unamos muchos más hasta hacer manada…o jauría, que mete más ruido. Falta una mayor cooperación con algunas de las mareas nacionales, como la Marea Verde, para que quede claro lo que los españoles dentro y fuera del país compartimos problemas y objetivos. Falta engrasar la colaboración entre Marea Granate y otras movilizaciones por los derechos de los inmigrantes, como la que lucha a través de la Plataforma REALCE y de distintas APAS por la vuelta a la presencialidad en la enseñanza de lengua y cultura española para los hijos de los emigrados españoles. O falta captar el interés de los emigrantes de segunda generación, que frente a sus padres o a los que han llegado más recientemente, tienen vínculos emocionales menos estrechos con España, lo que suele conllevar también una implicación política de menor intensidad.

Pero a pesar de los retos pendientes el acto de ayer demuestra que la unidad ciudadana y la conciencia plena del retroceso histórico que estamos viviendo, y que hay que parar con urgencia, rompe posibles barreras generacionales. Y confirma también que solo desde la unidad y el compromiso podemos cambiar las cosas. Se disipan, pues, muchos nubarrones. Recordaba ayer uno de los participantes del público a Gramsci y la necesidad de conjugar “el pesimismo de la razón” con “el optimismo de la voluntad”. Gracias, Marea Granate de Zürich y Ateneo Popular Español de Zürich, por hacerlo posible con las distintas herramientas que tenéis a vuestro alcance.







 

jueves, 5 de febrero de 2015

La llave


Tengo la manía de llevar bolsos enormes y oscuros, donde todo se me pierde irremediablemente. Lo peor, ese manojo de llaves que a veces te da disgustos. Las he perdido, fijo, y el pánico te asalta unos segundos. Entonces agitas el enorme bolsón con fuerza y las oyes tintinear: estar, están. Alivio. No me tengo que quedar fuera con el frío que hace. O con lo cansada que estoy. O con la cantidad de cosas que tengo por hacer en casa. Ahora ya es solo cuestión de paciencia y de un par de minutos dar con ellas, meterlas en la cerradura (a veces a tientas, que la luz de la entrada funciona a su capricho) y ya, por fin, en casa.

La otra noche, al repetir este gesto cotidiano, se me vino a la cabeza la imagen de José y Ana María. Y, sobre todo, de sus hijos, la mayor de la edad de mi hija Sofía. Aunque ellos encuentren su llave en el bolso, ya de nada les sirve. Ya no pueden entrar en su casa, en su mundo, con sus recuerdos. La imagen de un guiso preparado la víspera y que se quedaba en la nevera sin que nadie diera cuenta de él me hizo llorar de nuevo de pena y de una inmensa rabia. No sé si mi querida Fani Grande tendrá grapas suficientes para agarrarme el hígado.

Francisco Javier Recio narraba en El Mundo el pasado 1 de febrero la historia dantesca de una familia de Dos Hermanas que al volver a casa a la hora de comer se encontró con que su llave ya no encajaba en la cerradura. Con que el guiso se quedaba en la nevera. Con que los niños no iban a poder hacer los deberes en su cuarto. La familia Salas Pérez había sido víctima de un “desahucio silencioso”, de esos de los que apenas tenemos noticia porque falta el preaviso para que la PAH o los colectivos locales se movilicen. Y porque se producen sin ese indecente despliegue de lecheras policiales que tanto sonrojo nos provoca. Alguien está solo en la puerta de la que en horas ha dejado de ser su casa, sin un voluntario al que abrazarse llorando ni un funcionario judicial al que increpar. No me puedo imaginar mayor desamparo.

Los elementos que configuran esta historia desgarradora son ya habituales en las noticias: una familia víctima del paro de larga duración y dependiente de la concatenación de trabajos precarios y esporádicos y de la ayuda de la familia; un banco, el BBVA en este caso, que prefiere incrementar su bolsa de pisos vacíos a ofrecer una solución socialmente responsable a una familia; un juzgado que ejecuta una orden de desahucio, desatendiendo un  derecho constitucional elemental; unos políticos autonómicos y locales que solo reaccionan cuando la presión mediática puede ser dañina para sus intereses electorales.

Pero, además, en la ejecución sigilosa de este desahucio hay dos actores de reparto cuya presencia me obsesiona desde que leí la noticia. Que nadie me malinterprete, no me siento nada cómoda señalándolos, porque soy consciente de que su grado de responsabilidad en esta historia es infinitamente menor que la de los factores que nombré antes. Pero estuvieron allí y fueron necesarios. Ellos tuvieron el poder físico sobre una llave que separaba a una familia de su propia vida.

Cuando hace casi 20 años el politólogo Daniel Goldhagen señaló la complicidad (más o menos silenciosa, más o menos activa) de los “alemanes corrientes” en el Holocausto nazi, se generó una enorme controversia. Los juicios de Nüremberg y más adelante los procesos habidos contra militares golpistas por los crímenes perpetrados en las dictaduras latinoamericanas habían establecido que los autores físicos de un crimen de lesa humanidad no podían parapetarse tras la obediencia debida dentro de la estructura jerárquica del ejército. Pero claro, más polémico y doloroso era plantear que ciudadanos normales y corrientes, que en su vida habrían matado una mosca, tuvieran que asumir que con su acción –o su inacción- habían contribuido a que se cometiesen crímenes dantescos. Es un debate que se abrió y aún hoy sigue generando encendidas discusiones e hiriendo muchas sensibilidades. Pero es el precio que hemos de pagar si miramos de frente a nuestro pasado y queremos ser honestos, consecuentes y extraer enseñanzas útiles para entender el presente e intentar construir un futuro mejor. Sin huir de nuestra responsabilidad y siendo conscientes de que cada uno tenemos en cierta medida la capacidad de cambiar el mundo que nos rodea: para bien, que sería lo razonable. Pero también podemos empeorarlo.

El policía recibe la orden de descargar contra los manifestantes, pero él (o ella) es el responsable de la intensidad con que emplea su porra o de apretar el gatillo que lanza la pelota de goma que destroza un globo ocular o remata a un inmigrante medio ahogado. El empleado de la caja recibe la orden de liarse a vender preferentes para alcanzar los objetivos, pero es él (o ella) quien mira a los ojos de esa pareja de ancianos (clientes de toda la vida) mientras les da el bolígrafo con el que firmar una preferente que sabe que los despoja de sus ahorros. El empleado (o empleada) de la ETT recibe la orden del responsable de la filial de rescindir el contrato de esa madre soltera con argumentos peregrinos, pero son sus labios los que repiten las mentiras más infames.

Claro que luego está elbombero que recibe la orden de reventar la cerradura de una anciana paradesahuciarla y desobedece, porque defiende que él está ahí para salvar vidas y no para destrozarlas. Y sabes que si hubiese más Robertos se producirían menos barbaridades. Que anteponer la ética, los derechos humanos, la empatía y la cercanía al sufrimiento a la obediencia a la norma (o al jefe, o a la cuenta de beneficios) haría nuestra sociedad más digna.

Y entonces pienso en el cerrajero que recibe un encargo para cambiar una cerradura sin conocimiento de los habitantes de ese hogar. Y pienso que si en toda Sevilla no hubiesen encontrado un solo cerrajero dispuesto a ello, Ana María y sus hijos habrían almorzado ese guiso el jueves en su casa.

Y luego pienso en ese empleado de banco, fastidiado por tener que apurar la tarde de viernes en abrir (rapidito, que no quiero perder el tiempo) la puerta a un padre desesperado que llena dos bolsas de plástico. Y me pregunto, muy en serio, si no habría dormido mucho mejor dejando esa maldita llave a esa familia durante el fin de semana para que pudiesen empaquetar su vida con dignidad.

Ya, ya sé que ni el cerrajero ni el empleado del BBVA son los responsables últimos. Ya, ya sé, que a lo mejor el uno es una autónomo que apenas llega a fin de mes y el otro un empleado que ve peligrar su puesto de trabajo en el próximo ERE. Pero con todo y con ello, me cuesta entenderlos.

Dos trabajadores normales, seguro que buenas personas, son incapaces de anteponer la ética a la obediencia complaciente. No significarse, que repetían cual mantra los prudentes durante la dictadura. Y, otra vez, las malditas mayorías silenciosas. Hoy preferimos no pensar en lo que significa la llave de su casa para una familia. Mañana nos creeremos que la culpa de nuestros bajos salarios es del inmigrante que ha venido a vivir al piso de abajo (nos olvidamos que nuestra hija enfermera también es inmigrante en Alemania). Y al día siguiente decidiremos ponernos dignos conlos griegos, olvidarnos que son compañeros de fatigas y víctimas del mismoenemigo que nos atenaza a nosotros mismos y les exigiremos el pago de la deuda con un tesón que ni los bávaros…

Y, mientras tanto, mientras perdemos en dignidad, humanidad y solidaridad, la llave de nuestro futuro se la habrán quedado los de siempre. Sin vuelta atrás.

lunes, 12 de enero de 2015

Las series del 2014


En el 2014 han pasado tantas “cosas” (esa palabra que a fuerza de oírsela  Rajoy voy a acabar detestando…) y  de ellas tan pocas buenas (retrocesos en las libertades ciudadanas y en los derechos humanos, maltrato a la educación, desprecio por la sanidad pública, corrupción a todos los niveles y en todos los ámbitos,…) que hacer balance del año se me antojaba interminable. Y deprimente. Así que por una vez me evado y voy a hablar de algo a lo mejor mucho más frívolo pero que, no voy a negarlo, me encanta: las series de televisión. Para ello me meto en camisa de once varas y hago de lo que no soy: crítica de televisión. Ahí va la lista (cortita, no os preocupéis). El orden es aleatorio

1.       THE TIME BETWEEN SEAMS

La BBC ha acertado de pleno con esta adaptación del best seller de María Dueñas. Una creación impecable a la que, por mucho que se intente, es difícil encontrar un defecto (quizás el hieratismo de Rubén Cortada, pero su papel es demasiado corto para deslucir el conjunto).  Una producción impecable, rodaje en localizaciones reales y abundantes exteriores, ambientación exquisita y un vestuario que es un personaje más. Pero esta vez la cadena pública británica ha ido un paso más allá y en esta adaptación de una obra literaria ha conseguido superar con creces a la novela de partida: la inolvidable interpretación de Adriana Ugarte nos regala una Sira Quiroga con una variedad de matices de la que carecíamos en la obra de Dueñas. Un regalo.

2.        THE PRINCE

HBO ha apostado fuerte y ha decidido que en televisión hay vida más allá de Madrid, Barcelona o la idílica costa cantábrica. Y lleva la acción de este thriller policiaco a un barrio degradado de Ceuta, donde jóvenes sin expectativas laborales basculan entre el narcotráfico y el yihadismo, y del que hasta hace bien poco la mayoría ignoraba su existencia. Vale, hay concesiones como la enésima recreación de Romeo y Julieta o un uso a veces excesivo del croma. Pero no hay la peor de las concesiones posibles en una serie policiaca: no hay buenos y malos. O, al menos, los buenos tienen claroscuros y los malos, a veces, principios. Y la policía es corrupta, los agentes del CNI a veces caen en la chapuza y otras rozan la tortura, los yihadistas captan adolescentes allí donde los servicios sociales y la igualdad de oportunidades no llega... Es una serie que (felizmente) solo la pueden ver adultos. Adultos dispuestos a aceptar que a la vuelta de la esquina existen submundos cuya existencia preferirían ignorar. Y adultos dispuestos a disfrutar de la colosal interpretación de José Coronado y el elenco de secundarios (aquí, hasta Cortada se salva).

3.       ELIZABETH

Poco queda por decir de un clásico de la televisión que ha llegado a su fin con una inmerecida bajada en sus audiencias, pero con un reconocimiento general de crítica y público. Tras una segunda temporada que acusó el cambio de los guionistas originales y creadores de la serie, la tercera y última temporada de esta serie histórica tan típicamente británica ha remontado el vuelo (siempre y cuando olvidemos la escena en la que Colón toca tierra al mismo tiempo que todos nos acordamos de la familia del creador del croma). Los guionistas han conseguido encontrar un tono coherente y la vuelta a las tramas de alta política entretejidas con los dramas personales la ha dotado de gran fuerza. Como el equipo artístico es inmejorable, me quedo solo con la protagonista, una joven Michelle Jenner que ha sido capaz de sostenerle la mirada desde el lecho de una mujer moribunda a un colosal Cisneros encarnado por Eusebio Poncela. Un lujo.

4.       JOHNYS BEACH SNACK BAR

Vale, confieso que en circunstancias normales nunca me hubiese sentado a ver esta serie de la Fox. Me daba más pereza que una adaptación de Cheers  hecha por españoles (esos seres incompetentes que, como cualquier buen seriéfilo que se precie sabe, solo han hecho bien una serie en los últimos 30 años y encima la emitieron en un canal de pago). Pero sucumbí a la llamada de las playas de Peñíscola que, por razones que no vienen al caso, significan mucho para mí. Así que superé el repelús que me causa el histrionismo de Jesús Bonilla e intenté pensar en mi debilidad por el Langui, en que Blanca Portillo es grande hasta cuando hace papeles en los que no nos aterroriza y en el castillo del Papa Luna. A veces es mejor carecer de expectativas porque con ese punto de partida me llevé una agradable sorpresa y fui capaz, contra todo pronóstico, de verla hasta el final. Jesús Bonilla es Jesús Bonilla, eso nadie lo puede remediar, pero la serie es entretenida. Y más no se espera. Pero tiene algún otro extra con el que no contaba: vemos exteriores (reales, con sus cambios de luz y todo, y lo dice alguien que conoce todas las variedades cromáticas de Peñíscola), Santi Millán sorprende para bien y los guiones a veces tienen fogonazos de la inolvidable Seven Lifes (como cuando desacraliza el mundo de la alta cocina en tiempos de inflación de emplatado televisivo y deconstrucción catódica). Eso sí, podríamos suprimir las tramas infantiles. Del todo. Sin compasión. Porque, felizmente superados los pantacruélicos desayunos multimarca de otros tiempos, la búsqueda del público de todas las edades es el peaje que tenemos que pagar aún demasiado a menudo.

5.       VELVET DEPARTMENT STORE

Channel 4 lo ha vuelto a hacer. Producción preciosista, mimo hecho televisión y el regalo de que en nuestra pantalla vuelvan a aparecer las grandes damas y caballeros de la escena patria (léase aquí José Sacristán y Aitana Sánchez Gijón). Sin embargo, y al contrario de lo que ocurrió con la imprescindible Grand Hotel, en este caso el magnífico envoltorio desvela un contenido decepcionante. Probablemente la nula química de la pareja protagonista y su interpretación entre mediocre (Silvestre) y deplorable (Echevarría) tienen mucha culpa de ello. Tampoco ayuda la comicidad impostada de alguno de los protagonistas y varias tramas endebles y poco creíbles. Y, lo más sorprendente: Velvet se desarrolla teóricamente en el Madrid de principios de los sesenta. De acuerdo, no en el Pozo, o en Vallecas o en algún otro enclave donde llegaba la inmigración de aluvión. Pero tampoco se entiende que entre tanto glamour nadie ponga la radio y escuche las noticias de un país que era una dictadura ni que los trabajadores de las galerías vivan en un microcosmos más propio de los albores del siglo, sin plantearse nada y ajenos a cualquier sufrimiento más allá del sotano de unos grandes almacenes y de la barra de un bar donde se codeaban (oh, sorpresa) señores y empleados. Pero entonces aparece el gran Asier Etxeandía (estoy convencida de que Asier y Sacristán tienen unos guionistas exclusivos solo para ellos), una franca e inevitable sonrisa ilumina mi cara y desisto de cambiar de canal.

6.       BROTHERS

La sorpresa de la temporada. La serie ha tenido datos de audiencia discretos, que nos podrían llevar a pensar que el público no está lo suficientemente maduro para series distintas y poco complacientes. Creo que no es así, simplemente esta vez HBO no ha visto compensado el esfuerzo de apostar por un planteamiento innovador y en un formato poco común (6 capítulos, probablemente a temporada única). Tres vidas divergentes planteadas en paralelo, recorriendo algunos de los principales acontecimientos sociopolíticos españoles y europeos, con giros argumentales sorprendentes e inmensos actores de reparto (Elvira Mínguez, Carlos Hipólito, Víctor Clavijo) son un reto para el espectador. De repente uno ve reflejado por primera vez en la pequeña pantalla una especie de Club Bildeberg (aunque carece de nombre) en el que banqueros, políticos, profesores de universidad y otros personajes “relevantes” funcionan como una logia secreta que mueve los hilos de la política y la economía del país. Y piensas entonces que es un argumento interesante y original, sobre todo en los tiempos que corren en los que dudamos (tenemos la obligación de dudar) de todo lo que nos rodea, aunque puedas llegar a plantearte si los guionistas no se han pasado un poco de frenada y que esto no es ni Red Eagle ni Game of Thrones. Pero claro, luego te desayunas una semana con las tarjetas black de Bankia y a la siguiente te meriendas con la “Operación Púnica” y corriges tu primera impresión. En realidad los guionistas de la serie andaban escasos de imaginación perversa. Y sí: es preferible y algo más romántico que, como Álvaro Cervantes, celebres tu rito de iniciación en un salón gótico y regado con cuatro gotas de cera hirviendo a que te planten en la cabeza unos sesos de jabalí en un salón plagado de cabezas de venado. Donde va a parar…

Este es el balance que seguramente yo hubiese publicado si me dedicase a esto. Y a lo mejor la crítica que otros hubieran escrito si las series, en efecto, hubiesen contado con un título en inglés o en danés, provenientes de canales como la BBC o la sacrosanta HBO. Pero más bien nos topamos una y otra vez con tópicos y lugares comunes que usan sistemáticamente un aire despectivo y paternalista con la producción televisiva española. Parece que el fenómeno que lastró durante años al cine español (para asombro de extraños pero aplauso de los propios) ha saltado a la crítica televisiva. Cualquiera podría llegar a pensar que no existe vida más allá de la HBO. Bueno, sí, Crematorio y ya, si eso, se es condescendiente con Isabel. El resto es para público poco avezado y que no sabe deleitarse con las mieles de las series DE VERDAD. Pero esta actitud, estos prejuicios, estas críticas (por cierto, tan parecidas unas a otras), empiezan a cansar, por lo menos a mí, particularmente, me dan una inmensa pereza. Existen sin duda magníficas series americanas, británicas y europeas (continentales, se entiende), como también podremos encontrar bazofia. O series previsibles, o con concesiones comerciales innecesarias para la trama. Con magníficos guiones y con guiones mediocres. Con actores soberbios y otros perfectamente olvidables. Exactamente igual que ocurre en España, solo que, no lo olvidemos, con muchos vientos en contra en nuestro país: a esa actitud de muchos críticos, se suman las guerras entre cadenas por un prime time  en horarios inhumanos que obliga a crear episodios larguísimos, las trabas administrativas  y, lo fundamental, la falta de presupuesto. Lo recordaba este pasado domingo Javier Olivares, y tiene razón. De hecho, si a Montoro le presentásemos el coste de producción de un solo episodio de Juego de tronos o Homeland para proponerle que TVE se debería de mover en cifras similares, igual dimitía del susto. Tentador, habrá que plantearse esa estrategia…

Y ahora os dejo que, aunque sea en diferido, no me pierdo el estreno de Víctor Ros. Tengo esa “mala costumbre” de engancharme a series españolas :-)

viernes, 10 de octubre de 2014

Mala gente que gobierna

Me permito la licencia de plagiarle título al comprometido escritor Benjamín Prado, pero ha sido inevitable. Y es que solo se me ocurre algo peor que ser mala gente: serlo a conciencia, presumir de ello y pasear tal condición impunemente por los medios comunicación ostentando un cargo público pagado por todos. (también por los profesionales sanitarios a los que insulta). Me refiero por supuesto a Javier Rodríguez, ese personaje miserable y (dicho por él) bien comido, que ocupa la consejería de sanidad de la comunidad de Madrid. La misma por la que ya pasaran Lamela, Güemes y Lasquetty: por sobreexposición a mala gente, urge desinfectar este departamento. De los ciudadanos levantados en urnas dependerá… Y no le dedico ni una línea más a tan deslenguado político, porque no he abierto un blog para insultar en público, que es lo único que me pide el cuerpo al pensar en Rodríguez…

Lo que es indudable es que estamos en manos de mala gente, mala en la doble acepción del adjetivo cuando lo combinamos con el verbo “ser”: malos por ineptos y malos por malvados.

Ineptos de principio a fin, entendiendo como el principio el momento en que se decide repatriar a los dos misioneros y a la religiosa infectados de Ébola a España. Es difícil juzgar la conveniencia de esa decisión y, ya mucho antes de que se conociese el contagio de Teresa Romero, me ha generado más preguntas que respuestas. La única certeza que tengo es que todo ciudadano español en el extranjero tiene derecho a recibir la asistencia de su gobierno en caso de emergencia. Pero ¿por qué no es así en todos los casos? ¿Por qué se han desatendido muchos otros casos de españoles (enfermos, accidentados, atrapados en cárceles infernales,…) que solicitaban la ayuda de su país? ¿Fue una decisión política, hubo presiones por parte de la confesión católica, con la que había que congraciarse  antes de retirar la contrarreforma de la ley del aborto? Humanamente se entiende el desamparo de los enfermos y la desesperación de sus familias pero ¿qué aportaba su traslado a España para una muerte casi segura y en la que ningún ser querido les podía acompañar? ¿Cuál es el sentido humanitario de subir en un avión a unos enfermos seleccionados por el color de su pasaporte, dejando prostrados en cambio a otros compañeros y compañeras de lucha que yacían a su lado? ¿No habría tenido una repercusión inmensamente más eficaz y positiva invertir los costes del operativo de repatriación en cooperación sanitaria en los países afectados? ¿Nadie evaluó los recursos reales con los que se contaba en España, tras haber desmantelado centros de referencia de la sanidad pública, para hacer frente a un riesgo de este tipo? ¿Se escuchó a los expertos cuando se tomó la decisión de traer a un país no afectado por el Ébola un foco de contagio? Una vez tomada la decisión, ¿cómo se puede suponer que protocolos de aplicación tan compleja y que requieren, según personal sanitario experimentado, una formación mínima de 15 días, se asimilen en 20 minutos? ¿Dónde estaban los trajes homologados por la OMS, dónde la necesaria supervisión que minimizara la posibilidad de incurrir en errores, inevitables en situaciones de estrés? ¿Cómo es posible que se montase un impresionante, mediático y efectista dispositivo de escolta a la ambulancia del padre Pajares (muy como de película de catástrofes de serie B) y luego en cambio se atreviesen a llamar “cuarentena” a la decisión de indicarle al personal expuesto al virus que hiciesen vida normal y durante tres semanas se tomasen la temperatura dos veces al día? Y en el momento que una trabajadora expuesta a un contacto de alto riesgo manifiesta los primeros síntomas ¿por qué, con una justificación tan peregrina como que no superaba un umbral mínimo de fiebre, no se procedió a su aislamiento preventivo inmediato? ¿Cómo es posible que ante la más remota (y esta no era remota) posibilidad de estar ante un caso de infección de Ébola se la derivase al hospital más cercano a su domicilio en lugar de atenderla en el centro que había tratado los casos anteriores? ¿Cómo se puede justificar que se desoyesen las suspicacias de los responsables de la ambulancia del Summa y se permitiese seguir prestando servicio a ese vehículo sin desinfectarlo previamente? ¿Quiénes son los responsables, tanto en la Comunidad de Madrid como en el Ministerio de Sanidad, de haber hecho caso omiso a las advertencias, sugerencias y exigencias que el personal sanitario llevaba meses planteando? En resumen: ineptitud supina.

Ahora sumémosle la maldad manifiesta. Estamos tristemente acostumbrados a que los máximos responsables carguen las culpas sobre los hombros del eslabón más débil de la cadena. Pero en este caso, en el de una sanitaria que se ofrece voluntaria para asistir a dos pacientes terminales de una enfermedad terrible y sumamente contagiosa de la que ella misma acaba enfermando, cabía esperar que no se traspasasen unas fronteras mínimas de decencia y ética. No solo las han traspasado: las han pulverizado. Nada puede haber más ruin, más miserable y más inhumano que culpabilizar a un enfermo, que lucha en estos momento por su vida, de su desgracia. Nada más mezquino, más repugnante y más reprobable que intentar destruir la reputación de quien se había ofrecido voluntariamente para cuidar de un ser humano agónico. Nada más sorprendente y más vomitivo que todo esto se haga desde cargos públicos con responsabilidad directa en la gestión de esta crisis sanitaria y, por tanto, en el estado de salud de Teresa, del resto de personal sanitario que atendió a los misioneros repatriados y de sus familias y círculos de relaciones. Y a eso es a lo que nos hemos tenido que enfrentar estos últimos días, que han venido a confirmar que nuestra capacidad de asombro (de asombro negativo) nunca va a quedar colmada mientras nos siga gobernando la mala gente. Se me ocurría ayer un ejemplo análogo. Imaginemos que ETA pone una bomba que es localizada y se envía un equipo de los TEDAX para desactivarla. Imaginemos a un TEDAX frente a la bomba, en una situación de terrible presión psicológica y con un temporizador marcando los minutos. Imaginemos que pese a su pericia, le tiembla mínimamente el pulso, corta el cable equivocado y la bomba estalla, matándole o dejándole gravemente herido ¿A alguien, como no puede ser de otra manera, se le ocurriría otra cosa que no fuese tratar a este policía como un héroe, como un valiente que se ha jugado su vida? ¿Habría otro culpable de este trágico desenlace que no fuese la banda terrorista? Pues el caso de Teresa es exactamente igual, con la diferencia de que a ningún TEDAX le enseñan a desactivar bombas en cursillos de 20 minutos.

Hay otra derivada, no gratuita ni casual, me temo, de la maldad. Al ensañamiento inhumano contra la víctima se suma el tremendo golpe que esta gestión chapucera y timorata asesta injustamente a la sanidad pública. Desde hacía mucho tiempo, y como se viene denunciando, con especial valentía desde la Marea Blanca, se estaban aplicando medidas dirigidas al desmantelamiento de un servicio público, otrora ejemplar, en beneficio de algunas aseguradoras privadas y de macrogrupos empresariales. A pesar de ello, los profesionales de la sanidad pública –médicos, enfermeros, auxiliares, celadores,…- han continuado atendiendo a los pacientes con el máximo rigor y profesionalidad. Que una cadena de decisiones políticas erróneas y gestiones burocráticas delirantes pongan ahora en entredicho a unos profesionales que, junto con los maestros que educan a nuestros hijos, deberían ser la “joya de la corona” de los servicios públicos, es injusto y doloroso.

Ahora bien, insistamos: en nuestra mano está que esta mala gente deje de gobernarnos…

Dos pequeñas notas que añadir:

-         De la mala gente que pobla las redacciones de algunos medios de comunicación ni me voy a molestar en hablar. Me producen una profunda repugnancia y ya quedan retratados en sus palabras…o gestos.

-         Es lógico que un caso cercano y que además no ha sido fruto del azar sino de decisiones políticas despierte nuestro interés. Pero eso no nos exculpa de haber estado dándole la espalda durante meses a la tragedia en África. Todos. Yo misma tras más de 4000 muertos en África, muchos de ellos niños, no había ni citado en una sola entrada la palabra Ébola. Algo estamos haciendo muy mal, sin duda, y nos tendremos que parar a reflexionar. Más pronto que tarde.
(Entrada publicada en otoño de 2014 y que por algún paso en falso de intrusa digital se me borró y he republicado sin modificarlo, aunque a fecha de hoy, 14 de enero de 2014, haya quedado obsoleto. En parte, felizmente)

Con el deseo de que Teresa salga de esta.

A Pilar, por haber estado ahí: tu voz tan sensata sería ahora muy necesaria.

A mi otra Pilar, por seguir estándolo: tus pacientes tienen una suerte inmensa.

jueves, 15 de mayo de 2014

Clientelismos

Si hubiera una vertiente política en el crimen de León, la única fuera de la locura y la falta de compasión de sus (presuntas) autoras, es la que refleja este artículo de El País y que nada tiene que ver con el "clima de crispación" actual. Ni con las redes sociales, ni con los escraches, ni con los ciudadanos críticos, ni con ninguna de las teorías conspiranoicas, en absoluto inocentes, lanzadas por los medios de la derecha (y de la caverna) y, a la sazón, expertos en movilizar y manipular.

La única vertiente política del deleznable crimen de León se remonta mucho más lejos. Viene del franquismo. Del maldito enchufismo y del maldito clientelismo. De ejercer el poder de manera arbitraria, despótica y caprichosa sin que nadie rinda cuentas por ello. Antes bien, todo lo contrario: aplaudidos y convertidos en reyezuelos/as locales.

Y viene también de entrar en ese círculo. De aceptar medrar a base de enchufes y recomendaciones. De doblegarse a los antojos del jefecillo/a local para tener el honor de que le dedique a uno una palmadita en el hombro y, quién sabe, con opción al próximo "cargo de confianza" vacante. Césares locales que unos expectantes súbditos, a veces incluso competentes profesionales que han vendido su alma al diablo, observan ansiosos, a ver para donde se orienta el pulgar. Vamos, como "La fiesta del chivo" de Vargas Llosa pero en versión liguilla regional.

Y esto poco tiene que ver con un partido (aunque afecte muy mayoritariamente al PP) ni con la coyuntura actual. Tiene mucho más que ver con una pésima cultura política, que no concibe la "polis" como lo público, lo de todos. O como respondía  el alcalde del cuento de García Márquez, preguntado por el dentista si le pasaba la factura a él o al municipio: "Son la misma vaina".

Confundir lo público con lo privado, perpetuarse en los cargos y disponer de los recursos como una propiedad o apostar el futuro profesional a la generosidad del poderoso, que, uno espera, corresponda a los favores otorgados. La "finca de papá", como decía la simpar Carmencita Franco al observar España desde el cielo, tiene abiertas desde hace décadas multitud de delegaciones locales y provinciales a cargo de jefezuelos regionales que, o bien a base de cadenas de favores (el Castellón de los Fabra es un caso paradigmático) o bien de miedo (como parecía ser más del gusto de Isabel Carrasco en León), dirigen arbitrariamente los destinos de organismos públicos.

El crimen de León no es político: es fruto de la sinrazón que conduce a algunos seres humanos a ejercer la violencia contra sus semejantes. Pero el asesinato de Isabel Carrasco vuelve a sacar a la luz pública lo que tantas otras veces, en contextos menos dramáticos, ya quedó patente: tenemos en España gravísimos déficits democráticos, que pudren día a día los cimientos de organismos municipales y provinciales, mientras desmontan la ética de lo público en amplias capas de la sociedad, víctima, a veces voluntariosa, de la podredumbre del clientelismo.

Así que como recordaba en un magnífico artículo Nacho Escolar, lo que necesitamos es más educación para la ciudadanía. Y no sólo para que haya menos descerebrados dispuestos a aplaudir muertes (me da igual que sea en Twitter o en la barra del bar). Necesitamos más educación ciudadana para que lo público sea gestionado con respeto y responsabilidad y para no caer en autoritarismos de pacotilla pero extremadamente nocivos. Y, por ende, necesitamos más educación ciudadana para que, ante casos de despotismo local o corruptelas varias, sus protagonistas reciban repulsa y no aplausos, que tengan que enfrentarse a la condena ética de los ciudadanos y no contar con el respaldo de sus votos. No está de más recordarlo de vez en cuando. 


domingo, 2 de febrero de 2014

MÁS RAZONES PARA NO ACEPTAR UN ENGAÑO

Hace unas semanas, en la anterior entrada de mi blog, hice pública una carta que le dirigía a la subdirectora general de Promoción Exterior Educativa del MECD en la que exponía mis razones para no participar en el modelo semipresencial impuesto por su departamento y que supone un radical recorte no solo del tiempo sino también de la calidad de las enseñanzas de lengua y cultura española a los niños y niñas españoles en el exterior.

Hace una semana recibí una respuesta de María Ángeles Muñoz Fernández de la Bastida, repleta de argumentos tramposos. La podéis consultar en este enlace.

En el escrito que le he remitido expongo argumentos que contradicen este intento de manipulación por parte del ministerio. La carta es extensa porque contesta punto por punto la versión dada por el MECD:

Oberdorf (Suiza), a 1 de febrero de 2014

Estimada Sra. Da Ma Ángeles Muñoz:

Me dirijo a Vd. en respuesta a su escrito de 16 de enero, que recibí hace una semana. De la lectura de su carta tengo que admitir que extraje una única conclusión positiva: que sí había leído la que le remití el 8 de enero. He dudado si responder a su escrito, pero he decidido sí hacerlo ante la duda de que mi silencio se pudiese interpretar como conformidad con unos argumentos cuanto menos inexactos.

Por ello, voy a proceder a contestar a su escrito párrafo por párrafo:

  • Soy consciente de que el nuevo currículo y el nuevo certificado de las ALCE exige, en efecto, cursar tres horas semanales completas, que es lo que mi hija Sofía estuvo haciendo a lo largo del curso 2012/2013. Me temo que no ha comprendido en absoluto lo que mi escrito reflejaba. En un modelo puramente presencial, como el que mi hija disfrutaba, no se duplica en absoluto el esfuerzo para asistir a las clases, como Vd. mantiene, al contrario: se invierte el mismo esfuerzo (reservar una tarde tras la escuela, realizar largos trayectos, etc.) pero para poder disfrutar del doble de tiempo de clase. Es indefendible sostener que el que Vd. denomina “modelo mixto” facilite el que más alumnos sigan en estas enseñanzas: antes bien, se corre el riesgo de desmotivar a las familias de acudir a las clases. Algo que ninguno de los que defendemos la necesidad de las enseñanzas de lengua y cultura españolas desearíamos que ocurra.
  • Me veo obligada a insistirle en que no se está pidiendo la “ayuda” de los padres, como indica en su escrito y repiten todos los representantes del ministerio. Se está exigiendo que los padres del alumno o, para ser más precisos, en las familias binacionales que abundan en las aulas ALCEs, el progenitor de lengua materna española, acompañe a su hijo durante los 90 minutos (si nos atenemos a la letra del modelo que propugnan) de realización de las actividades en línea. Como, por otra parte, no puede ser de otra manera cuando se está pidiendo a un menor de edad, a niños de 7, 8, 9 años, que acceda a Internet. Pero la exigencia va más allá del tiempo de dedicación (que se multiplica por el número de hijos que acudan a las clases). Si tomamos su argumento de que “ambas partes del modelo, presencial y no presencial, forman parte de un todo y son igualmente necesarias” para “cubrir los objetivos del currículo”, y teniendo en cuenta que tales objetivos no se han variado con la imposición  del modelo semipresencial, necesariamente parte de los nuevos contenidos de las enseñanzas de lengua y cultura  se impartirían a través de la plataforma digital Aula Internacional. Y eso exige de los padres que hacen estas actividades con sus hijos unas competencias didácticas o lingüísticas que no tienen por qué tener. Una discriminación que puede incidir en que niños cuyos padres han tenido menos oportunidades educativas vean afectado su aprovechamiento de las enseñanzas. Porque esa hora y media de enseñanza no presencial no es “impartida por profesores de la ALCE”, como Vd. bien sabe, y como detallaré más adelante. Por último, a las familias, además de mucho tiempo y conocimientos lingüísticos y pedagógicos, se les exige un tercer requisito que incide en el carácter discriminatorio de estas medidas y contradice flagrantemente su pretensión de hacerlas más accesibles: hacen obligatorio disponer de un ordenador con conexión a Internet. Un nuevo filtro socioeconómico inasumible para un programa público promovido por su ministerio.
  • He intentado tomarme con buen humor su analogía entre ordenador y pizarra para no pensar que su intención era insultar mi inteligencia. Sé muy bien que el ordenador es una herramienta de la que habrá visto, si me leyó con atención, que  no sólo no reniego sino que apoyo y utilizo. Sé también que la mayoría de los materiales en Aula Internacional fueron elaborados con mucho esfuerzo por profesores de ALCE. Como también sé que cuando los elaboraron lo hicieron en la creencia de que estaban destinados a un banco de recursos con carácter complementario. Y como también sé que carecen de la adecuada secuenciación pedagógica y unidad de criterio precisamente por eso, por ser unidades didácticas confeccionadas con otro fin.
  • Creen que les acuso de manera desproporcionada e injusta al afirmar que han robado a nuestros hijos la mitad de sus horas de clase, y va más allá y afirma que a nuestros hijos se les está ofreciendo “más tiempo lectivo que nunca”. Le transcribo la definición que da la RAE (y sin ninguna otra acepción) de lo que significa “lectivo”:
lectivo, va (Del lat. lectum, supino de legere, leer, e –ivo). Adj. Dicho de un período de tiempo: Destinado a dar lección en los establecimientos de enseñanza.
La negrita es mía. Por si sigue albergando alguna duda acerca de la reducción del tiempo lectivo a los alumnos de las ALCE y mantiene, pese a la RAE, que el tiempo que pasan los niños frente a Internet es tiempo lectivo, argumentando que un profesor “imparte” las clases en línea, el tiempo de dedicación horaria semanal de los profesores en línea, reflejado en la siguiente tabla, lo desmiente. Supongo que lo conoce bien, pues forma parte de las instrucciones complementarias firmadas por Vd. misma con fecha 19 de abril de 2013:
Número de alumnos
Atendidos en línea
Horas lectivas
semanales
50-70
3
71-120
4
121-170
5
171-220
6
221-270
7
271-320
8
321-370
9

Esto supone que el profesor en línea dedica a cada niño, en el mejor de los casos, 3 minutos y 36 segundos a la semana. En el peor, 1 minuto y veintisiete segundos semanales. Parece indefendible su afirmación en base a su propia planificación.
Mantener además que la disminución del tiempo lectivo (me mantengo fiel a la RAE) a la mitad no afecta al contacto entre los compañeros de clase ni obstaculiza la realización de actividades complementarias refleja su total alejamiento de la realidad de las aulas.

·       Asegura en su carta que la enseñanza en línea “no es una enseñanza de segunda clase”. En ningún momento la califiqué así y me manifesté a favor de las TICs como herramienta complementaria a las clases, pero nunca en sustitución de las mismas. Sofía y sus compañeros acuden a sus clases en las ALCEs para aprender y mejorar su competencia lingüística en español y sumergirse en la cultura española que también es la suya. Lo hacen en países en los que la lengua del entorno, de la enseñanza y de la mayoría de sus relaciones sociales es otra y, por ello, la inmersión que les proporciona(ba)n esas tres horas de clase es fundamental en su competencia lingüística. Porque de mejorar su competencia digital ya se ocupan en la escuela del país en el que viven, en mi caso, el colegio suizo. No confundamos los objetivos prioritarios. Y que la autonomía en el aprendizaje mejore mediante un modelo en el que los padres de hijos pequeños deben cumplimentar en el ordenador ejercicios a los que un niño que apenas ha aprendido a leer no puede acceder es, siendo moderada en mi apreciación, más que dudoso.

·  Por último, me alegra que sean conscientes de la capacidad, responsabilidad y solidaridad de los padres. Llegué a pensar que cuando cargos nombrados por su ministerio apelan a la responsabilidad y solidaridad de los padres en reuniones públicas y en circulares, y dan a entender que estar en contra del modelo semipresencial es síntoma de carecer de esas cualidades, Vds. tendrían algo que ver.

·    Para finalizar,  le recuerdo que como ciudadana ejerzo mis derechos, incluidos el de opinión y expresión. No tengo “miedos” ni “recelos” ante el modelo semipresencial: me opongo plenamente a él y para expresarlo y argumentarlo no voy a esperar a que esté implantado sin posibilidad de marcha atrás. Supongo que el hasta hace poco consejero de sanidad de la Comunidad de Madrid también hubiera preferido que la Marea Blanca aplazase cualquier campaña hasta una vez bien implementada la privatización sanitaria. Pero como comprenderá, y sin salir de los ejemplos médicos, no es de recibo decirle a un enfermo que a lo mejor cortándole la pierna su situación mejore, a pesar de que haya muchos síntomas que contravengan la intervención, y que sólo luego, si comprobamos que la solución no era tal, estará plenamente justificado que reclame.

Si de verdad su intención es que las ALCEs mejoren y tengan un futuro que dé la oportunidad a generaciones de españoles en el exterior de mantener su lengua y su cultura, escuche a la comunidad educativa, familias y maestros, y reconsideren la idoneidad del modelo. A veces, desde los despachos de Madrid, se pierde la perspectiva de cómo es el día a día de la enseñanza.

Atentamente,
Fátima del Olmo Rodríguez



jueves, 9 de enero de 2014

RAZONES PARA NO PARTICIPAR EN UN ENGAÑO...

Reproduzco a continuación la carta que he remitido por correo electrónico al consejero de educación en Berna y a la subdirectora general del Promoción Exterior Educativa del MECD, en las que les expongo los motivos por los que no quiero participar con mi hija en la farsa que envuelve a la imposición del modelo semipresencial para las Agrupaciones de Lengua y Cultura Española para los hijo e hijas de los emigrantes españoles:

Oberdorf (Suiza), a 8 de enero de 2014

Sr. D. Eduardo Butler Halter,
Sra. Da Ma Ángeles Muñoz Fernández de la Bastida:

Soy madre de una niña de 8 años, Sofía ..., que asiste al tercer curso de Lengua y Cultura Española, nivel A2.2, en el aula de la que la Agrupación de Zürich dispone en la ciudad de Lucerna, y sólo en calidad de madre de alumna me dirijo a Vds. Mediante las siguientes líneas les quiero informar de algo que ya saben, aunque sea como parte de una estadística: que hemos decidido no hacer con nuestra hija la parte online (o no presencial) del programa, para lo cual ni siquiera facilitamos la preceptiva dirección de correo electrónico, necesaria para tener las claves de acceso a Aula Internacional. Lo que sus estadísticas no van a recoger son las causas por las que tomamos esa decisión y por eso creo necesario explicárselas en detalle y, además,  hacerlas públicas.

Incluso desde antes de mi llegada a este país, hace más de diez años,  ya tenía noticia de la actividad de las ALCEs. Como profesora de español lengua extranjera he tenido además la oportunidad de coincidir con cierta frecuencia en cursos de formación con maestros de las agrupaciones, lo que me reafirmó en algo que ya teníamos claro desde el nacimiento de nuestra hija: el deseo y necesidad de que acudiese a las clases de lengua y cultura desde que cumpliese la edad requerida para matricularla. Con siete años Sofía  pudo acceder al A2.1 (ya que podía leer y escribir en español) y desde agosto de 2012 acude cada semana a su clase en Lucerna, ilusionada y motivada. Pese a los casi 50 minutos de tren y autobús de cada trayecto. Pese a tener que ir masticando el postre mientras se calza las botas. Pese a llevar despierta desde las siete menos cuarto de la mañana ¡Y que nadie le diga una semana que no puede ir a su clase de español! No es para menos. Ha tenido una suerte inmensa con su maestra, alguien que desde el cariño y desde el rigor les ha transmitido amor por la lengua y la cultura española A eso se suma que ir a la clase de español le ofrece una experiencia que desconocía: compartir pupitre y recreo (cuando aún tenían tiempo para un recreo, claro) en español con otros niños y niñas.  O poder visitar un museo descubriendo a Picasso en su lengua materna...

Pero a mi hija y a sus compañeras y compañeros y al resto de niños de los tres primeros cursos se les ha robado (permítanme la contundencia del verbo, pero es el que mejor define la situación), desde agosto de 2013, la mitad de ese tiempo para aprender, para hablar, para jugar, para cantar, para reír, para darse la mano, para abrir mucho los ojos ante un cuadro colgado en la pared de un museo (y no en un buscador de Internet). Nada menos. La mitad: de tres horas semanales a hora y media. Y apoyándose en un argumento tan pintoresco como es que esto se hace para mejorar el programa ALCE ¿¡Mejorarlo!? Y con la no menos pintoresca pretensión de que esa hora y media presencial se pueda sustituir por hora y media de ejercicios en una plataforma en Internet, Aula Internacional, desde casa. No voy a entrar a explicarles lo que desde multitud de colectivos se les ha argumentado con todo detalle desde hace muchos meses: que un ordenador no sustituye nunca a un maestro presencial, que no todos los padres están capacitados para ayudar a sus hijos en las tareas de Aula Internacional, que obligar a las familias a tener un ordenador con acceso a Internet ni es legal ni contribuye a la igualdad de oportunidades, que pedagógicamente es un disparate y un sinfín de razones que echan por tierra la semipresencialidad impuesta desde su ministerio.

Lo que quiero contarles es que hemos decidido no acceder a Aula Internacional para no participar del engaño. No porque tengamos problemas con la clave: ni la hemos solicitado. No porque Aula Internacional sea un instrumento de calidad discutible (que parece que lo es), porque eso no es lo fundamental. Lo fundamental y que no admito es que se nos pretenda convencer que hay una equivalencia, ni remota, entre la hora y media de clase presencial que han quitado a mi hija y la supuesta hora y media de actividades online en Aula Internacional.  Y, de paso, quiero aclararles algunos equívocos, para evitar interpretaciones erróneas:

  • Los padres de alumnos de las ALCEs no somos analfabetos digitales temerosos de lo desconocido. Como profesora de español recurro constantemente a la ingente cantidad de materiales excelentes  que Internet pone a nuestra disposición. Tengo un blog, soy muy activa en las redes sociales y una entusiasta del uso de las TICs en la enseñanza. Estaré encantada de que mi hija pueda disponer en el futuro de una plataforma en línea de calidad, segura y con buenos materiales en español adaptados al perfil de los alumnos de ALCEs,  a los que una niña, motivada y curiosa como ella, pueda acceder para hacer actividades complementarias o conectarse con sus compañeros o con otros niños del resto del mundo. Actividades complementarias, pero NUNCA en sustitución de su tiempo de clase.
  • Los padres de alumnos de las ALCEs no somos irresponsables egoístas que no queramos dedicar tiempo a la enseñanza en español de nuestros hijos. Como tampoco es cierto que la única cultura española que sepamos transmitirles a los niños sea la alineación de la seleccion de fútbol, como tuve que escuchar, con mucha vergüenza ajena, de boca de un alto cargo diplomático español. Desde que mi hija entró en el Kindergarten suizo, en paralelo hacía con ella en casa libros y cuadernillos que se utilizan en la escuela infantil en España. Aún después de empezar a acudir a las clases en la ALCE, he seguido trabajando con ella en casa los libros de texto de Conocimiento del Medio y Educación Musical de primaria, dedicándoles a la semana mucho más tiempo del que ocuparían las actividades de Aula Internacional. Y vivir con libros en español en su entorno o escuchar la actualidad en la radio española  no dejan de formar parte de su acervo cultural. Estoy convencida de que como nosotros, todos los padres y madres que se empeñan en que sus hijos acudan a las clases de ALCE dan lo máximo, dentro de sus posibilidades y aptitudes, para transmitir a sus hijos su lengua y su cultura.
  • Los padres de alumnos de las ALCEs no somos insolidarios con los problemas de España. En principio, porque no nos son ajenos: muchos emigrantes españoles lo han sido y lo vuelven a ser por razones económicas y laborales. Y quien no, siempre tendrá familia y amigos en España vapuleados por el paro, la inseguridad laboral, los recortes en sanidad, educación y dependencia o el menoscabo de los derechos sociales. Nunca en estos meses hemos pedido aumentar los recursos económicos para las ALCEs (además de que, según el ministerio, no hay razón económica alguna detrás de la semipresencialidad). Y al pedir que se mantenga la calidad de la educación que reciben nuestros hijos a través de las ALCEs no estamos sino uniendo nuestras voces al del resto de familias que, también en España, aspiran a una educación pública que garantice la igualdad de oportunidades de sus hijos. La causa es común.

Espero con este escrito haber arrojado luz sobre las motivaciones de nuestra decisión de no participar en Aula Internacional. Para cualquier aclaración, no duden en ponerse en contacto conmigo. Confío en que el conjunto de voces que están intentando apelar al sentido común les haga replantearse la viabilidad del modelo impuesto.

Atentamente,

Fátima del Olmo Rodríguez

He hecho ya referencia a este problema en una entrada anterior: "Picasso, la marca España y la acción educativa exterior",  http://cuadernosdesdeladistancia.blogspot.ch/2013/06/picasso-la-marca-espana-y-la-accion.html

Existe además abundante información acerca de la movilización generada contra las semipresenciales en las páginas web de la Plataforma en Defensa de las ALCEs de Zürich (https://sites.google.com/site/alcesdefensazurich/) y de la Plataforma REALCE (http://www.plataformarealce.es/), además de en los perfiles sociales de ambas organizaciones.