miércoles, 29 de mayo de 2019

Dolor y gloria: viaje descarnado por las emociones


En Suiza ir al cine es un lujo al que los que nos movemos justitos a final de mes debemos, lamentablemente, renunciar. Si vas a ver una película al cine te lo tienes que pensar bien, elegir con tino, ser muy selectivo, porque es un desembolso lo suficientemente notable como para no ir al tuntún. Pero yo voy a acudir dos veces al cine en el plazo de una semana para ver la misma película. Prefiero renunciar a cualquier otra cosita pero darme el inmenso placer de volver a disfrutar de Dolor y gloria en pantalla grande.
Me apetecía la historia. Gente de la que me fío me había hablado muy bien de la película. El argumento me parecía sugerente. El tráiler una delicia. Los actores y actrices (con mis dudas respecto a Banderas) de primera. Me gustan en general las películas de Almodóvar (con algunas flagrantes excepciones) y adoro en particular Todo sobre mi madre y Volver. Pese a ello también temía, leída la sinopsis, que la película fuese a regodearse en exceso en la magna obra de un cineasta reconocido. Que el hilo conductor fuese la remembranza de una sucesión de películas de éxito. Me barruntaba un cierto ejercicio de autocomplacencia. Pero no. Esta maravillosa película va de otra cosa. De una mucho mejor y más universal: de lo más íntimo, de emociones, sentimientos, miedos y culpa.
La filmoteca y la referencia no velada a La ley del deseo, la película que lanzó a la fama a Almodóvar de quien Salvador Mallo, protagonista de Dolor y gloria, es un alter ego que no quiere ni necesita disimular esa condición, no es más que la excusa que desencadena el ajuste de cuentas con su pasado que el personaje encarnado por Antonio Banderas emprende. La estética psicodélica de la poesía en prosa que describe la geografía de la enfermedad y el toque de humor surrealista de Julián López en la platea de la filmoteca, junto con la decoración del piso de Salvador, son quizás los únicos guiños de la película a ese universo estético tan reconocible de Almodóvar. A partir de ahí todo es emoción. Y más dolor que gloria.
Salvador se pone al día con su pasado y nos implica a todos en ese viaje. La película es una declaración de amor, dolor y agradecimiento. Almodóvar, quien tanto se benefició de ser icono de la Movida madrileña en su interpretación más superficial y más acrítica, da un manotazo en la mesa para recordarnos, al fin, que no era oro todo lo que relucía y que un Madrid arrollador que cabalgaba a lomos del caballo asesino se llevó por el sumidero el futuro de muchos. Gracias, Asier Etxeandía, por ese monólogo estremecedor. Nos enfrenta, como nunca, al amor, a su pérdida, a la renuncia, a la necesidad de saber decir adiós, en esa conversación tan hermosa y nostálgica con Leonardo Sbaraglia. Y también nos pone ante el espejo del deseo, y a su descubrimiento, reflejados en uno de los desnudos mejor rodados y más cargados de significado que he visto en mi vida. Recorremos con Salvador, descarnadamente, la relación que tenemos con el dolor: el que nos causa la enfermedad real y la imaginada, en un honesto reconocimiento de la hipocondría como elemento bloqueador. En Dolor y gloria también hay generosidad, egoísmo, agradecimiento, lealtad. Y hay una de las declaraciones de amor más bellas hacia una madre, sino la que más, que vais a poder ver nunca: a través de tres miradas (la del pequeñísimo Salvador a la madre que canta al borde de un río manchego, la del niño Salvador a la madre que cose en la semioscuridad de una cueva de Paterna y la del Salvador maduro a una madre que al fin de sus días, en una terraza de Madrid, le revela todo lo que quedó pendiente entre ellos) y a través de la conciencia dolorosa de que no canalizó bien ese amor y que tenía la necesidad de gritárselo a través de esta película. Y nos duele con él, con Salvador, con Pedro, ese grito a destiempo a todas las madres que ya se han ido. Lo rememoro y se me anuda la garganta.
Y todo este caudal de sentimientos está muy bien contado. Primero y ante todo por los intérpretes. Antonio Banderas rompe mis prejuicios y está magistral. En su ternura. En su decadencia. En su dolor. Incluso cuando a veces ves en su Salvador los movimientos y la manera de hablar de Pedro Almodóvar, nunca llega a atravesar la fina línea de la caricatura. Pero sería injusto no reconocer a todos y cada uno de los demás actores y actrices de la película. Que Asier Etxeandía, Leonardo Sbaraglia, Julieta Serrano o Penélope Cruz estén magníficos tampoco nos va a sorprender a estas alturas. Pero es que no hay ni una sola fisura en el casting, obra de la siempre acertada Yolanda Serrano: la contención de Nora Navas, la perplejidad de César Vicente, la socarronería de Pedro Casablanc…y esos dos niños deliciosos. La historia está también muy bien narrada a través de la fotografía y la luz, del maestro José Luis Alcaine. El contraste entre un espacio cerrado, abigarrado, lleno de color pero oscuro y un espacio abierto, austero, monocolor pero intensamente luminoso nos dicen mucho más sobre la infancia modesta pero relativamente feliz y la madurez cargada de glorias pero también de dolor que 20 páginas de texto. De la música ya ni comento nada, porque nadie entendería ya las mejores películas de Almodóvar sin que Alberto Iglesias les regalase la banda sonora (enlace a la BSO en Spotify).
De verdad, si no lo habéis logrado aún, haceos ese favor e id al cine a saborear Dolor y gloria. A llorar en silencio. A emocionaros. A que se os haga un nudo en la garganta al rememorar las escenas aún pasadas las horas (o los días) de haberla visto.
Gracias por regalarnos momentos así.



viernes, 24 de mayo de 2019

El 26M o lo importante

Que tu ayuntamiento decida ceder gratuitamente el terreno más grande y más céntrico a un colegio del Opus Dei que segrega por sexos y discrimina a maestras divorciadas, en lugar de a un centro público, importa.

Que en tu comunidad un consejero de sanidad criminalice a los responsables de las unidades de paliativos y condene con ello a cientos de pacientes terminales a morir en el dolor, importa.
Que la Unión Europea “rebote” refugiados a países que no cumplen los parámetros básicos en derechos humanos para no afrontar los retos de los movimientos migratorios, importa.
Que se tomen decisiones determinantes para reducir (o no) la polución causada por vehículos diésel contaminantes, cuyas emisiones de dióxido de nitrógeno causan más de 6.000 muertes evitables al año en España, importa.
Que haya miles de personas con una prestación por dependencia reconocida que no la cobran por estar en la lista de espera de su comunidad autónoma, importa.
Que políticas liberales despiadadas obliguen a estados miembros a actuar en perjuicio de los ciudadanos más vulnerables mientras se acrecienta la brecha norte/sur, importa.
Que tu ayuntamiento malvenda viviendas sociales a fondos-buitre y te suban salvajemente el alquiler que pagabas mes a mes, importa. Y mucho.
Que tu comunidad no dote de medios suficientes y dignos a los colegios, los hospitales o los centros de día, importa. Y mucho.
Que las instituciones de la UE decidan sobre cuál debe ser el presupuesto destinado a proyectos de investigación y becas educativas, importa. Y mucho.
Que las ciudades sean habitables, que no se vacíen los centros de vida a favor del turismo pasajero, que funcionen los transportes públicos, que no cierren las escuelas de música, que se creen espacios de esparcimiento para jóvenes y mayores, que se construya vivienda pública, que se cuiden las zonas verdes, que se tengan en cuenta las necesidades específicas de cada barrio, que se habiliten comedores escolares en verano, que el código postal no determine tus expectativas vitales…ES MUY IMPORTANTE. Y para eso le otorgas un mandato a los miembros de las corporaciones municipales.

Que se facilite que la educación pública y de calidad siga siendo el mejor y más justo ascensor social, que funcionen de forma segura y efectiva los servicios de atención a las víctimas de violencia machista, que una correcta implantación de la ley de la dependencia contribuya a dotar de dignidad y autonomía a las personas, que no se deriven pacientes de la sanidad pública a los centros privados, que se protejan los espacios naturales y se racionalice la gestión de residuos, que se cree una red de transporte público que cohesione el territorio, que se facilite el acceso a la atención primaria de manera homogénea, que se fomente la cultura… ES MUY IMPORTANTE. Y para eso decides quiénes son las diputadas y diputados que componen el parlamento de tu comunidad autónoma.

Que Europa siga siendo un espacio convivencia en libertad e igualdad, que se controle la seguridad para la salud de los alimentos y medicamentos que consumimos, que se concedan becas de estudios que permitan la movilidad de los jóvenes, que se pongan límites a las emisiones contaminantes y se potencie el uso de energías limpias y renovables, que se garanticen los derechos humanos por encima de cualquier otra consideración, que el déficit público sea o no determinante para que los estados puedan seguir invirtiendo en políticas públicas, que se pongan o no límites a los grupos de presión, que el feminismo y el ecologismo se constituyan como pilares fundamentales en la construcción europea… ES MUY IMPORTANTE. Y para eso eliges quienes son tus representantes en el Parlamento Europeo.
Así que… ¿de verdad sigues pensando que las elecciones del domingo 26 de mayo “son de segunda”? ¿De verdad crees que ya cumpliste con tus obligaciones ciudadanas votando (y estuvo muy bien, eh…) el 28 de abril? ¿De verdad te vas a quedar en casa sin votar mientras otros deciden por ti cómo va a ser tu vida durante los próximos cuatro o cinco años (y más allá)? 
¿De verdad? ¿No? Ah, vale, pues entonces VOTA. Nos jugamos todo lo importante. Nos jugamos nuestro futuro y, sobre todo, el de nuestras hijas e hijos. Vota en las municipales, en las autonómicas y en las europeas. Vota con información. Vota con espíritu crítico. Vota con responsabilidad. 











lunes, 22 de abril de 2019

No votar NO es una opción

La tormenta ha tumbado un árbol que ha caído a plomo a 15 metros de donde paseas. Acababas de pasar por ese sendero hacía apenas un minuto, esos 60 segundos que no empleaste en pararte a hacer una foto porque te habías quedado sin batería. Perdiste el tren aquella mañana de marzo porque tuviste que volver sobre tus pasos. Habías olvidado los planos que tenías que presentar en la reunión. Ibas tan distraída leyendo que te subiste sin mirar al primer autobús que llegó a la parada. En aquel 27 que no sabías donde te llevaba viajaba también Ana. Mañana os casáis.

A veces pequeñas decisiones, cuyas consecuencias no podríamos nunca prever, cambian de manera determinante nuestras vidas. Para bien o para mal. Una fina línea que cruzamos sin saber lo que nos espera al otro lado, una acción ajena a nuestra voluntad, a nuestra responsabilidad y a nuestra conciencia.
Pero votar, un acto que en puridad apenas ocupa 5 minutos de una mañana de domingo, es otra cosa. Ahí sí somos responsables, ahí sí ejercemos una toma de decisión consciente. Ahí sí sabemos (o al menos intuimos con mucha certeza) a donde nos lleva el introducir una u otra papeleta en el sobre. Como también deberíamos saber muy bien a estas alturas que no hacerlo, no votar, quedarse en casa ese domingo por pereza, por indolencia, por enfado, por la excusa que nos queramos poner, no nos va a salir gratis.
Escribo hoy esto, a una semana de que sepamos el resultado de las próximas elecciones generales, pensando en el votante de izquierdas. Pero también pensando en las mujeres, en los migrantes, en los pensionistas, en las trabajadoras precarias, en los parados, en las enfermas terminales, en los niños y niñas de familias empobrecidas, en las víctimas de agresiones sexuales y de trata de blancas, en los homosexuales, en la falsa autónoma, en el trabajador del campo, en los bebés que están naciendo en España en este mismo instante. Nunca en los últimos 40 años una distancia tan corta había separado dos modelos de país tan radicalmente opuestos. Nunca habíamos estado tan cerca de poder mejorar las vidas de todas esas personas en las que estoy pensando y, a la vez, tan terriblemente próximos a retroceder en derechos y libertades para todas ellas de una manera inédita en nuestra democracia. Nunca nos habíamos enfrentado a una derecha tan rancia, tan retrógrada, tan burda, tan bronca y, lo que la hace más peligrosa y similar a procesos análogos como los vistos con Trump, Bolsonaro o Salvini, tan carente del freno con el que la sensatez y la prudencia atemperan las posiciones de los partidos conservadores democráticos y moderados. Nunca nos habíamos enfrentado como este 28 abril a la posibilidad de que retrocedan las manillas del reloj en espacios donde dábamos el progreso por conquistado. Por eso nunca ha sido tan necesaria la movilización de los votantes progresistas como ahora. 
Todas conocemos al ciudadano desinformado, manipulable, poco consciente del valor de su voto. Todos tenemos una compañera de trabajo, un cliente, una cuñada, un tendero, una amiga que se encoge de hombros, que dice pasar de la política o te repite el “todos son iguales” para a renglón seguido comentarte lo que le ha escuchado al tertuliano de turno o reenviarte por whatsapp el último bulo que le ha llegado. A poco que rasques, ese votante acrítico es incapaz de sostener argumentalmente las causas por las que va a votar a uno u otro partido. Y muchas veces ese es también el indeciso, que tanto dolor de cabeza está causando a sociólogos y politólogos porque es un factor impredecible. Para que los ciudadanos asuman que la sociedad en la que vivimos nos necesita participativos, críticos, conscientes y maduros, se necesita aún mucha pedagogía democrática. Y tiempo. Podemos poner nuestro granito de arena en nuestro entorno, educando a nuestras hijas e hijos, hablando sosegadamente con nuestros amigos, parando en seco la distribución de noticias falsas. Pero es una labor ardua y a largo plazo.
Hoy en cambio pienso más y de manera urgente en la movilización del abstencionista de izquierdas que, para nuestra desgracia, no es ningún animal mitológico. Los comicios celebrados hasta la fecha siempre han confirmado que la abstención beneficia a los partidos conservadores, lo que se ha justificado siempre partiendo de la premisa de que el votante de izquierdas es más crítico “con los suyos” y expresa su desafección no acudiendo a las urnas. Esa explicación tranquilizará a muchos, pero siempre me ha parecido indefendible, especialmente en un país donde un golpe de estado, una guerra cruenta y una larga dictadura fascista condenaron a su población al silencio político. Votar es una obligación democrática, se lo debemos a nuestros abuelos y abuelas, a quienes murieron en las cárceles sin poder volver a empuñar nunca la única arma a la que deberíamos aspirar, el voto. Se lo debemos a la oposición democrática y al exilio, muchos de ellos adscritos a formaciones de izquierda. Y nos lo debemos a nosotros y a nuestra decencia como ciudadanos y ciudadanas libres.
Pero es que, además, este 28 de abril, no votar es de irresponsables. De egoístas. De estúpidos. Perdonad la crudeza, pero no concibo que nadie progresista con derecho a voto y posibilidad de ejercerlo, no acuda a votar este domingo. 
No lo podrán hacer muchas y muchos emigrantes a los que la papeleta no les llegará a tiempo por culpa del maldito voto rogado. No podrán hacerlo muchas y muchos jóvenes conscientes e informados, que han llenado las calles el 8 de marzo o los viernes por el clima y que aún, lamentablemente, no alcanzan la edad mínima para votar a pesar de que nos estamos jugando muy especialmente su futuro. No podrán votar las 47 mujeres reconocidas como víctimas mortales de violencia machista en el 2018. 
Pero tú, que te declaras de izquierdas, no tienes ni una sola razón para no ir a votar este domingo. 
¿Que te indigna que el Open Arms esté atracado mientras mueren seres humanos en el Mediterráneo? Por supuesto, es inadmisible ¿Que te irrita que las luchas de egos hayan hecho peligrar una formación política ilusionante que había canalizado la indignación del 15M? Es para resucitar a nuestra Sole de 7 vidas y propinarles las collejas en estéreo. ¿Que a veces no reconoces en el batiburrillo de las luchas identitarias la lucha obrera que había definido siempre a los partidos de izquierda? Pues nos sentamos, lo analizamos con calma, que aquí hay mucho que debatir, y vemos hacia dónde tiene que ir la izquierda del futuro ¿Que eres anticapitalista y te parece que el PSOE es cobarde y liberal en lo económico? Ya se encargará Unidas Podemos de hacerle avanzar en medidas económicas más valientes ¿Que eres un socialdemócrata clásico y algunas de las propuestas de Unidas Podemos te parecen poco realistas? Ya se encargará el PSOE de modular algunos de los puntos más polémicos. ¿Que defiendes la unidad de España en un sistema federal? ¿O eres en cambio partidaria de que se celebren referéndums donde se consulte sobre el modelo territorial? Bueno, pues a cualquiera de las dos soluciones solo se puede llegar contemporizando y dialogando, que es lo que proponen, son sus matices diferenciados, PSOE y Unidas Podemos. Intenta en cambio contestarte a cualquiera de esas dudas que te planteas imaginándote a un Pablo Casado presidente con el apoyo de un Ciudadanos desnortado y de la extrema derecha salvaje de Vox. A ver cómo se te queda el cuerpo y de qué nos han servido tantos remilgos. 
Así que, por favor, vota. Con entusiasmo o con la nariz tapada. A PSOE o a Unidas Podemos. Pero el domingo 28 de abril, vota. Y no solo porque si no lo haces luego no vas a tener ninguna autoridad moral para quejarte cuando penalicen (más) el derecho de huelga, privaticen los servicios públicos, vacíen la caja de las pensiones, te obliguen a parir cuando no quieres o a malvivir cuando quieres morir. No, no solo es eso. Es que no votando no te haces daño solo tú (allá cada cual) sino que nos arruinas el futuro a los demás. Y eso es mucha responsabilidad solo por una rabieta (más o menos justificada, eso no te lo discuto) nacida de la desafección o de la observación estricta de la pureza ideológica. 
Necesitamos generosidad y luces largas. Ya conquistaremos, poco a poco, el cielo. A día de hoy lo urgente es que dentro de una semana no hayamos bajado a los infiernos.


martes, 13 de marzo de 2018

Ser bueno, ser buena

Cuando los profesores de español explicamos los diferentes usos de “ser” y “estar” con adjetivos (algo sin equivalente en casi ningún idioma) llegamos a un capítulo muy divertido que es el de los calificativos que cambian de significado según el verbo que lo acompañe (ya se sabe que la “paella está rica” pero “Bill Gates es rico, muy rico”). Y llegamos a ”bueno”. Con la comida lo tenemos claro: un plato de espinacas bajo en sal es buenísimo para aumentar la ferritina pero lo que está realmente buena es una generosa ración de patatas bravas. ¿Y cuándo hablamos de personas? Entonces les aclaro el tipo de malentendidos surrealistas/divertidos que se pueden generar si decimos que nuestro suegro está muy bueno. Pero en cambio, aclaro, comentar  que alguien es muy bueno, es lo mas positivo que se le puede decir. Ser buena persona es algo deseable, admirable, apreciado... ¿seguro? A veces parece que no, que corren malos tiempos para la buena gente.

Aunque desde hace un par de días  procuro asomarme poco a las redes sociales, y muy especialmente a Twitter, que hay momentos en que se vuelve inhabitable, anoche lo consulté brevemente. Brevemente porque me estomagó, por ejemplo, el acoso y derribo a Ignacio Escolar por su acertado análisis de los resortes oscuros del odio. Pero aún más pasmo me produjeron algunas de las reacciones a las palabras de Patricia  Ramírez, la madre de Gabriel Cruz, el pobre peque almeriense de 8 años al que la maldad más incomprensible le ha arrebatado la vida. Y precisamente en contrajste con esa maldad, admiran más aún la dignidad y la sensatez de alguien cuyo dolor ni alcanzamos a imaginar pero con la claridad suficiente para pedir que no imperen la rabia y el rencor. Pues frente a eso, aún ha habido quien se cree con derecho a sufrir más que una madre a la que le han asesinado el hijo o a aventurar que tamaño desatino solo puede ser efecto de los sedantes ¿Cómo alguien en su sano juicio, claman los portavoces del odio, no va a pedir venganza a gritos? Ese exceso de bondad, aseguran, no puede ser bueno.

Hacía poco otra reacción virulenta, ante algo esta vez infinitamente menos doloroso, ya me había hecho cuestionarme de donde sale esa “mala gente que camina” (robándole el título a Benjamin Prado). Dani Mateo escribió un tuit que le valió un sinfín de burlas, insultos e improperios ¿Por qué? ¿Qué barbaridad había dicho este cómico? ¿Acaso algo de todos conocido como que la cruz del Valle de los Caídos es fea a morir (y hortera y megalómana y un insulto a la memoria de las víctimas de su dictadura...)? Pues no: escribió algo que de tan obvio no debería ser necesario recordarlo:



¡El acabóse! ¿Cómo se puede ser tan tonto  como para valorar la bondad en alguien que ostenta responsabilidades públicas? ¿De qué va a servir la empatía y la sensibilidad a la hora de legislar? ¿Acaso la ambición, el cinismo y el desprecio por los ciudadanos no son cualidades deseables en un político? Bondad. Buah. Paparruchas.

Y es que ahora ser bueno es de “buenistas”, uno de los neoinsultos favoritos (junto a feminazis) de la caverna mediática y social. Pedir que Europa asuma sus insoslayables deberes democráticos y éticos y acoja a los solicitantes de asilo que huyen contra su voluntad de guerras, persecuciones y violencia sexual es buenismo (salvo que Ana Pastor y el Gran Wyoming estén por la labor de acogerlos en sus casas). Recordar que ser musulmán no te convierte automáticamente en terrorista (de la misma manera que uno no era sospechoso de etarra por ser católico) es buenismo. Escandalizarse porque el presidente de una superpotencia proponga armar a los maestros y maestras (y no precisamente de bibliotecas bien repletas y laboratorios bien dotados) para, paradójicamente, acabar con la violencia es buenismo. Y así todo el rato. Mucho mejor que yo lo contaba Elvira Lindo en esta columna hace un año.

Y por si nos faltaba poco, la RAE nos regalaba el 20 de diciembre esta nueva entrada en su diccionario:



La definición de la Real Academia nos podría parecer, siendo generosos, chusca. Pero no nos debería de extrañar si tenemos presente que alguno de los sillones de la institución que vela por nuestra lengua los ocupan intelectuales que gustan de presumir de muy malotes (y muy machotes). Véanse por ejemplo los sillones i y S. Qué menos, entonces, que decir que uno se puede pasar de tolerante...

¿En qué momento ser bueno se convirtió en objeto de desprecio? ¿Cuándo se decidió que el cinismo sea un valor en alza? Sería tremendamente triste que ese discurso acabase siendo hegemónico.

Pese a ello, pese al ruido que hacen y el eco que encuentra los que desprecian la bondad, prefiero pensar, como Rozalen, que “el mundo está lleno de mujeres y hombres buenos”. Quedémonos, como dice Patrícia, con eso. Pero no nos despistemos, no vaya a ser que nos convenzan poco a poco de que ser bueno es de tontos.

Dedicado a Gabriel Cruz, cuya carita nunca deberíamos haber conocido, y a todos los pececillos  que se ahogan en la sepultura del Mediterráneo sin que conozcamos ni sus caras ni sus nombres. Porque ninguna niña ni ningún niño debería morir cuando esa injusticia es evitable.

 🌻🌻 ROZALÉN - Girasoles 🌻 🌻









miércoles, 3 de mayo de 2017

El final de "Sé quién eres" y el 1º de mayo

El lunes se terminó en un (casi) doble capítulo el final de la serie de Pau Freixas "Sé quién eres". Ha sido una serie con un arranque muy potente, estupendos episodios centrales y un estiramiento absurdo de algunas tramas que pedía a gritos que le quitasen 4 o 5 capítulos de más. Ha sido una serie que la inmensa Blanca Portillo se ha podido echar sobre sus espaldas acompañada por algunos secundarios deslumbrantes, mientras dos o tres clamorosos fallos de casting hacían que escondiésemos la cabeza detrás de un cojín cada vez que aparecían por pantalla. Entre los puntos más flojos (no muy sorprendente, siendo Freixas el creador de "Pulseras rojas") es que la serie resiste de regular a mal una lectura desde la perspectiva de género. Entre los fuertes, que da gusto ver esa frescura de rodajes en exteriores y localizaciones reales, ajenas a la impostura del croma.

Pero lo que dio sentido a la serie, pese a sus altibajos, fue el último capítulo y, muy especialmente, esos inolvidables 15 minutos de cierre que son estéticamente maravillosos y éticamente demoledores. Porque la conclusión es coherente con lo que adivinábamos pero a lo mejor preferíamos no ver. A todos nos gusta que ganen los buenos, que venza la ética, que la justicia sea implacable con quienes delinquen abusando de su situación privilegiada. Y viendo la serie queríamos creernos que al final alguien del entorno de Elías acabaría por hacerlo caer. Pero no. No nos engañemos: "Sé quién eres" funciona como la realidad de nuestros informativos. Un día las tertulias y análisis se llenan de frases como "va a tirar de la manta", "hay nerviosismo en la sede del partido", "con esto caerá el gobierno" o "esto hace tambalear la trama corrupta". Pero no: ni Bárcenas, ni Granados, ni Camps van a tirar nunca de ninguna manta ni dejarán caer a ninguno de los suyos. El poder, el dinero, la falta de escrúpulos  y la protección de las altas esferas del estado con la consecuente sensación de impunidad conforman una argamasa que une más que el miedo a la cárcel. 

Con ayuda de sus rituales, más o menos horteras, desde la copa en la cubierta del yate hasta la barbacoa en el Ampurdá pasando por los chalets revestidos en dorado y los volquetes de putas, se reconocen, se apoyan y cubren sus miserias. Da igual que se trate de una familia desestructurada y emocionalmente analfabeta o de un partido donde vuelen los cuchillos. Al final, hay que dejar que paguen los de siempre mientras quienes tocan poder se protegen y salen indemnes (o casi). Que son unos hijos de puta, sí, pero nuestros hijos de puta. Ya lo decía Roosevelt.  Eso sí que es conciencia de clase a prueba de bomba y de instrucción judicial, que ríete tú de la de la clase trabajadora, donde la solidaridad amenaza con convertirse de un tiempo a esta parte en un concepto en peligro de extinción.

Esta es la triste bofetada de realidad que nos dio el final de "Sé quién eres" en pleno 1º de mayo, envuelta con una música y una fotografía impactantes. Los poderosos no se pierden la barbacoa. Y, mientras, las manifestaciones de lucha por los derechos de los trabajadores se vacían y la ultraderecha barre a la socialdemocracia. 

La jueza Castro lo tenía muy claro. "Esto no va de quiénes queremos ser, sino de quiénes somos". Y de dónde estamos, podría aún añadir. Pues eso: así funciona. 

jueves, 18 de agosto de 2016

Despojados de votos, cargados de razones

Ya que tengo desatendido el blog, dejo aquí, aunque sea con bastante retraso, la reflexión a la que me llevaron las últimas elecciones y que publicaron "La Marea" y "TE Internacional". Y desde que lo escribí hasta hoy, apenas ha cambiado algo. Lamentablemente 

martes, 12 de abril de 2016

Diccionario de urgencia: CAMPECHANO

Campechano: vocablo netamente español que define a un hombre de posición económica holgada y "buena cuna" (muy habitualmente de noble estirpe) que causa admiración en el pueblo llano por su locuacidad salpicada de simpáticos requiebros y guiños pícaros, además de cosechar los aplausos y la risa cómplice y aduladora de los medios de comunicación y de algún que otro político (aspirantes eternos y frustrados a la campechanía). 

Gusta de la buena mesa (siempre que se la sirvan), la compañía femenina (a ser posible de edad inferior e independencia limitada) y el humor llano y despojado de carga intelectual. Suele ser aficionado a los toros y otras ostentaciones de patriotismo del de toda la vida (el campechano, ya lo hemos dicho, es muy español aunque pocos españoles acceden a esta categoría -bueno, lo dejo, que me estoy liando...). También gusta de demostrar su hombría y ríe a mandíbula batiente y con polo de marca desabrochado ante los chistes de maricones. 

Sin embargo, cuando se ve contrariado por algún ser de los que considera de más baja estirpe, reacciona con furia y con orgullo dejando claro el sitio de cada cual y que una cosa es la campechanía y otra (¡ojocuidao!) poner en solfa sus privilegios ¡A ver qué se van a creer estos mindundis! En esos momentos en el que el Yin aristócrata se come al Yan populachero puede insultar o mandar callar, lo mismo le da a un periodista que a un presidente. 

Para ilustrar la teoría con ejemplos prácticos véase también Juan Carlos de Borbón y Bertín Osborne